No ver, No oír, No Decir

 

Por: Juanjo Fernández Torres

i_monos Estos tres simpáticos monitos han sido por siglos fuente de sabiduría en la cultura japonesa. Mizaru, Kikazaru, Iwazaru -no ver, no oír, no decir- muestran, en el lenguaje universal de los gestos, lo que cada uno de los tres recomienda como filosofía de vida. Según la antropóloga japonesa Emiko Ohnuki-Tierney, catedrática de la Universidad de Wisconsin, existía un “código filosófico y moral santai: entre el pueblo el sentido era «rendirse» al sistema, obedeciendo un código de conducta que recomendaba la prudencia de no ver ni oír la injusticia, ni expresar la propia insatisfacción, lo que perdura hasta la actualidad”.

     Aunque los micos en cuestión sean un producto hecho en Japón, sus recomendaciones no escapan a la práctica de muchas sociedades del pasado y el presente. En casos extremos se usan para evitar penas tan drásticas como experimentar el fugaz evento de la separación de tu cabeza del cuerpo. Mientras que al otro lado del espectro, para no perder tu puesto de trabajo, ya sea que lo merezcas o no (digo, el puesto de trabajo, pues asumo que todos merecemos mantener la cabeza unida al cuerpo, al menos lo dicen todas las constituciones).

     Sin embargo, aún existen individuos que cometen la insania de parar las orejas cuando las conversaciones circundantes son reservadas a un grupo del que no eres ni convidado de piedra, de abrir la boca cuando el lugar está plagado de moscas ansiosas por investigar fauces humanas, o de mirar inquisitivamente y con aire de desaprobación en una ceja las escenas que los cultores de los monos sabios ya olvidaron antes que sucedieran. Esos individuos -entre los que tozudamente me incluyo- podremos, expreso esperanzado, entrar al reino de los cielos entonando alabanzas a la verdad, pues, en lo que se refiere al paraíso terrenal -al sueño americano- no entraremos ni con camellos ni agujas. No entraremos al exitoso mundo corporativo-institucional-monetario mientras nos apeguemos locamente a la verdad políticamente incorrecta que ignoran los pequeños simios japoneses.

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