«Herida y ventana», de Fernando Parra Nogueras
CARLOS MANZANO
Llego a esta espléndida novela ―como tantas otras veces― por recomendación de un amigo. Obviamente, no todas las recomendaciones me merecen la misma confianza; las de Ángel, sin la menor duda, sí: conozco pocos lectores tan conspicuos y exigentes como él, y tengo claro que si un libro despierta su admiración es porque lo merece. Lo cual, por otra parte, es una suerte, porque me evita caer en lecturas insustanciales que apenas aportan nada de interés a mi experiencia lectora; la vida es limitada y se agradece escoger con tino cada vez que uno dedica parte de su tiempo a tareas genésicas para el alma, como pueda ser la lectura. Vale que leer, por sí misma, es una actividad recomendable e instructiva, un ejercicio beneficioso para el cerebro, pero no todas las lecturas valen lo mismo, de igual manera que no todas las opiniones merecen la misma consideración. Y así como es bueno diferenciar entre una opinión fundada y una mera ocurrencia circunstancial (lo primero escasea y lo segundo abunda), hay enormes diferencias entre la lectura de entretenimiento y la buena literatura: ambas no afectan al espíritu de la misma manera ni generan idéntico bienestar intelectual.
Herida y ventana, de Fernando Parra Nogueras, publicada por Funambulista en 2025, es, por decirlo de una manera simple (y en buena medida reduccionista), una novela sobre la depresión. Dicho esto, habría que añadir que escribir sobre la depresión sin caer en el victimismo o en la desesperanza parece complicado, o al menos exige salirse de los caminos trillados. Ignoro en qué medida su autor habrá atravesado periodos tan dolorosos como los que cuenta ―en ciertos momentos en la novela se habla de autoficción, pero a nadie se le oculta que toda obra de ficción, sea o no autobiográfica, se alimenta tanto de vivencias propias y ajenas como de simple y pura fabulación―. De cualquier manera, eso es algo que para el lector carece de importancia, porque lo fundamental en una obra literaria no es que se ciña con mayor o menor esmero al relato de unos hechos verídicos, o que describa con precisión una sucesión de circunstancias ciertas, sino que trasmita verdad al amparo del juego semántico que sustenta toda pieza narrativa. La verdad de una obra literaria no está en lo que cuenta, sino en lo que transmite.
Si hay algo que destaca en este libro es el lenguaje, la pulcritud lingüística con que está escrito Herida y ventana, ese relatar con rigor literario y sensibilidad extrema los detalles que dan consistencia a la vida en su totalidad, las incongruencias y las falsedades que se deben asumir a diario, los miedos ignotos que nos rodean, los autoengaños con que subsistimos, el tesón y la fuerza con que se hace necesario sostener todo el engranaje cosmogónico. A través de una mirada perspicaz, delicada, bella por momentos, Parra Nogueras habla de unos seres que se ven incapaces de esconder su fragilidad, que sufren desde su reducto vital ―la pareja, la familia, los amigos, la casa familiar― la contundencia de una realidad que resulta imposible soslayar, y que pese a toda su capacidad analítica y su sentido pragmático de la realidad ―el protagonista y narrador, probable ‘alter ego’ del autor, es una persona inteligente y razonable, absolutamente consciente de su situación―, acaba dejando huella en los sentidos. La depresión, muchas veces consecuencia de una carencia biológica de serotonina, dopamina o noradrenalina ―no es imprescindible buscar grandes dramas personales detrás―, ataca al propio cerebro y reduce las respuestas emocionales necesarias para sobreponerse a la falta de sentido de lo que somos y de lo que hacemos. Y vivirla desde la consciencia de su arrumbamiento es una muestra más de nuestra inestabilidad innata, pero también puede ser un valiente ejercicio de autoreconocimiento, una prueba veraz de que un buen observador no se deja distraer por el vistoso colorido de lo aparente ni por convenciones mil y una veces repetidas.
Esta es la primera novela que leo de Fernando Parra Nogueras, y presumo que no será la última. Su estilo exquisito y brillante es la garantía de que, más allá del tema y la perspectiva con que se aborden (siempre se agradecen miradas limpias, abiertas, inteligentes), sus novelas transpiran literatura por los cuatro costados. Y no tanto por el aliento poético que recorre sus páginas (no antepongo el estilo poético al prosaico, al menos cuando hablamos de narrativa, incluso diría que suele ser lo contrario), sino por la honestidad con que transita por el inabordable mundo de las emociones humanas, por la humanidad que transpira. Así que, de nuevo, una vez más, mi agradecimiento a Ángel por su recomendación. Así da gusto.