«Viva», de Aina Clotet

JOSÉ LUIS MUÑOZ

Sorprendente y feliz desembarco en la realización cinematográfica el de Aina Clotet con un film autoral cien por cien, escrito, dirigido e interpretado por ella misma, una elegía a la vida en su extensión más plena, aunque esta, a veces, nos hiera con zarpazos o sea demasiado breve.

Nora (Aina Clotet) es una investigadora farmacéutica de cuarenta años que ha sufrido una mastectomía y, tras una revisión (la película se inicia con un primer plano del pecho aplastado de la protagonista en un mamógrafo), teme que el cáncer se le haya extendido al pecho sano y decide plantarle cara a la muerte viviendo intensamente (el título Viva no puede ser más adecuado) a través del sexo liberador con Max (Marc Soler), el sobrino de su mejor amiga (Zaira Pérez), que vive con la obsesión de que puede perder al bebé que espera. Con ese bailarín de apenas 23 años, al que ha visto crecer cuando era niño y le envía constantemente mensaje por el móvil, emprende una aventura erótico sentimental. Al mismo tiempo que se entrega apasionadamente a ese joven, Nora se replantea su vida con Tom (Navy Dakhli), un neorrural que vive en una caravana mientras se adecenta una cabaña en medio de la naturaleza y que ha estado siempre a su lado durante el proceso de su enfermedad.

La película de Aina Clotet, que se inscribe en el contexto del cambio climático y la sequía (ventiladores, moscas, cucarachas, un zahorí buscando agua en las proximidades de la cabaña que Tom y Nora están rehabilitando), es de una vitalidad contagiosa. Su protagonista, mutilada y con un solo pecho, disfruta de la sexualidad con ese joven sabiendo ambos que esa relación no tiene futuro, pero para ella es una inyección de energía mientras demora esa nueva visita médica que quizá le confirme lo que teme, que el cáncer ha vuelto.

No hay sombras de tragedia en esta película que tiene más de comedia que de drama, aunque la muerte siempre ronde, nos diga que la vida es breve y que hay que aprovechar todos los momentos, y la sexualidad femenina se reivindica como estandarte vital de liberación  (Nora se masturba en el baño del centro de investigación pensando en su joven amante; Nora acude entusiasmada a cada una de las citas con él como si fuera una adolescente; Nora se alimenta de la juventud de ese cuerpo que la llena de energía positiva).

La muerte (visiones de la protagonista en esa residencia a la que acude para visitar a su abuela; los rostros de los ancianos; ese abrazo que le pide a su yaya cuando se tiende en la cama con ella; la escena final en el cementerio) está tan presente como la vida en ese sinfín de escenas bastante explícitas de sexo, y alguna de ellas insólita: Nora, vomitando en el vientre de Tom después de hacerle una felación, lo que evidencia su rechazo físico a una persona a la que, sin embargo, quiere y necesita.

Aina Clotet filma un espléndido canto a la vida en donde esta le tuerce el brazo a la muerte. Una película de estructura caótica, como la mente de su protagonista que está en la duda permanente de lo que está bien o mal, y se decanta por la comicidad, sobre todo cuando aparece en escena la madre de Nora, Sonia (Lloll Beltrán), la doctora que administra placebos sedantes a las monjitas adictas de la residencia en donde está su madre, o en la relación especial de la protagonista con Víctor (Willy Toledo), su padre y patrón de la farmacéutica, con quien tiene suculentas conversaciones mientras hace footing. Viva contagia eso: vida. Impagable la escena de cierre con Nora, tumbada al sol, sobre la lápida de un cementerio. Una lección práctica de cómo afrontar la enfermedad.