Contemplación del suicidio

 

I. Del muchacho que inspiró estas consideraciones acerca del suicidio

Tuve en gran estima a este complejo muchacho y asistí consternado a su desencuentro insalvable con su padre. En consecuencia, algo quise hacer, y nada conseguí, por desplazar su visión de superficie hacia lo esencial, intentando hacerle observar que su posición actual era circunstancial, que los días lo cambiarían, inevitablemente, tanto a él como a su padre y la perspectiva del conflicto pasaría a revelarse bajo otras luces, seguramente menos animosas. Nuestro parecer respecto de las personas y los hechos está en general, le dije, sujeto a mutación, como todas las cosas en este mundo dialéctico: Il n’y a que le sot pour ne jamais changer d’avis[i], agregué. La última palabra, la más alta y honda, la tiene la comprensión de la instabilidad humana, veleidad que no es de ninguna manera exclusiva de la mujer (la donna è mobile)[ii] como ha querido establecer la ligera tradición. No muy pagado de ello, familiar y marrullero al tiempo, consciente del riesgo de intentar el lugar común ante una sensibilidad cabreada, llegué a decirle que tras la figura tan enconadamente rechazada se parapetaba el padre, ese tótem, ese amigo paradójico, a veces al ataque, otras a la ofensiva; desde luego, alguna vez equivocado. Finalmente me concedí sugerirle que considerase la eventual culpa en perspectiva del perdón. Uno puede ser amigo de un traidor, de un corrupto, de un criminal y quererlo sin saber que este ha incurrido en un asesinato o infamia espantosa. ¿Qué pasa si un día, quizá después de muerto este amigo, nos enteramos del pecado, del delito?; ¿desarmaremos entonces las estructuras del amor con tanto celo edificado, desandaremos el camino de nuestra verdad sentimental? Así al revés: una vez condenado el justo sin razón, ¿reacomodamos sin empacho al nuevo escenario nuestro sentimiento después de establecido lo injusto de una condena? Pareciera más racional mostrarnos algo remisos o cautos a la hora de juzgar y castigar. Estimo que la ley penal o civil, apelando siempre a la venganza como correctivo, no tiene por qué aplicar estrictamente a nuestra humana y común agonía personal.

II. Suicidio como castigo

Nuestro muchacho acaba de quitarse la vida, y no fue jueves; ignoro si llovía en París, como quiso César Vallejo. Se ha quitado su pequeña vida en un desmesurado ademán contra alguien que igual pudo haber sido el padre como contra él mismo. O contra ambos. Contra un mundo que todos hemos en algún momento despreciado, unos con más ahínco que otros. Consideremos el caso de la contestación por el arte. Baudelaire recuerda a un autor, según el poeta, de valía, que decidió destruir toda su notable obra estimando que el mundo no era digno de ella. El artista, el filósofo, el consumado hombre de letras puede tener por obra de arte su vida misma (y no estar forzosamente descaminado) y una mujer puede estar consciente de sus atributos, o exagerarlos: en ambos casos, el suicidio puede ser una venganza contra nosotros, contra los beneficiarios de la presencia magnífica de estas personas aquí.

III. Del suicida paradigmático

La tarde del 10 de abril del año 1956, debido al denso silencio que parecía exceder el espacio de su residencia, Herminia Arteta subió como por inercia al segundo piso y abrió la puerta del dormitorio de su hijo. Abajo, en el primero, el marido escuchó el ofendido comentario, descalificativo, ciertamente desobligante: “¡Mijo, ven a ver lo que acaba de hacer Lucho!” La soga al cuello, el cadáver de Luis Eduardo Nieto Arteta colgaba de la viga del techo. No he decidido apuntar esta reacción como una aislada o casual protesta de la madre, sino enmarcarla en un pesado ambiente general no ya de indiferencia, sino de intolerancia intelectual, de befa agresiva contra el hombre de letras. Estéril el medio intelectual de Barranquilla, muere el pensador víctima del sarcasmo y del desprecio de una ciudad sumida en un obscuro y mortífero marasmo apenas limitado a un bullanguero folclore. Luis Eduardo Nieto Arteta había sido nombrado secretario de la Embajada de Colombia en España nada menos que el año 1936, de modo que el estallido de la Guerra Civil lo trajo de vuelta a Bogotá el año 37. Presenta entonces su novedosa tesis sobre el crimen y la delincuencia, cuestionando el determinismo somático de Cesare Lombroso, para quien el criminal está destinado a serlo por innatas características biológicas que la fisiognomía puede perfectamente tipificar. Nieto Arteta propone factores sociales como relevantes causales del crimen y el jurado de tesis, informando la terna Germán Arciniegas, le concede el grado cum laude. A aquél siguen nuevos cargos diplomáticos que incluyen, en 1945, ser parte de la delegación que creó las Naciones Unidas. Más adelante, fin de su carrera diplomática, es removido del cargo en la Embajada de Colombia en Argentina. Se afirma que su obra sintonizó al país con la fenomenología y la filosofía contemporánea en general. Problemas económicos lo traen en reversa a su ciudad de origen, donde da cuenta de él la melancolía pretendiendo implementar aquí seminarios de Filosofía del Derecho. Una salvaje respuesta macarrónica es el salario que percibe a cambio de su civil empeño. Ridiculizado por la burla y el desprecio de nuestros zombis, el sarcasmo decepcionado de sus padres, se suicida.
Los suicidios de los Zweig y Nieto Arteta se inscriben exactamente en la misma línea y son explicables, no digo justificables. La intención de estas consideraciones no pasa por la pretensión de calificar ni descalificar individuos en tan soberana resolución.
El 3 de marzo de 1983[iii] la española Amelia Marino acudió a casa de los Koestler para hacer la limpieza. Vio la nota escrita por Cynthia Koestler que decía: “Por favor, no vayas al piso de arriba. Telefonea a la policía y diles que vengan a casa”. Amelia llamó inmediatamente a una amiga de la familia y le leyó la nota. Fue esta amiga quien llamó a la policía: “Cuando el inspector David Thomas llegó a la casa se dirigió directamente al piso superior. Los encontró sentados plácidamente en sus lugares habituales. Arthur en su sillón con la espalda hacia el balcón y un vaso vacío en la mano. Cynthia estaba en el sofá, a su izquierda. Llevaban 36 horas muertos. La causa fue una sobredosis de barbitúricos.” Y remata la reseña: “Con su muerte Arthur Koestles (sic) fue fiel a la última causa que defendió en vida: la eutanasia voluntaria.” En la carta de Arthur Koestler hallada junto a los cadáveres puede leerse: ”Mis razones para decidir poner un fin a mi vida son sencillas y convincentes: La enfermedad de Parkinson y una variedad de leucemia que mata lentamente.” Aunque me resulta imposible visualizar este cuadro sin rememorar La reticencia de lady Anne, del espléndido Saki, con su Lady Ann sentada imperturbable en su sillón, cómodamente muerta, ajusta mejor aquí el suicida de Nada que hacer, Monsieur Baruch, de Julio Ramón Ribeyro. La escena es visualmente la misma, sin embargo, para todos los casos.
Predecibles, obligados son los suicidios de Cleopatra y de Hitler. Nadie espera apresar con vida a estas fieras espléndidas.

IV. El éxtasis

Yo me extasié alguna vez en la contemplación de esta decisión de quitarme la vida. Enterada, una escritora muy menor y casi tan escasamente conocida como este protagonista de su croniquilla, quiso dar a conocer mi “plan suicida (que) se titula Proyecto M.” Se enteraron dos o tres amigos comunes, que poco o ningún crédito dieron a la voluntariosa desconocida, de manera que nadie, empezando por ella, intentó disuadirme. Luego de un par de cambios (el lugar, que inicialmente sería la Sierra Nevada de Santa Marta, en cuya frondosa manigua escondería mi cadáver, la fecha y acaso el método), a mi propósito le llegaba la hora de ser ejecutado. Había escogido la papelería donde comprar el exacto (cuchilla de delineante de arquitectura), el lugar (el baño de un teatro, una vez acabara la función) y mi fecha fatal. Eran las nueve y veinte minutos esa noche. Cuando faltaban pocas personas en la sala, me escabullí hasta los baños, abrí la puerta, entré y me encerré en uno de los dos excusados. Sentado en el piso, sentí el encandilamiento de la tremenda y magnífica resolución que hervía con mi sangre. Estaba en éxtasis. No tenía recuerdos y la realidad era una abstracta noción sin objetos ni contorno definido. Solo podía “ver“, a escasos centímetros de mi rostro, el gris acerado y pulido de la puerta del excusado, cerrada ya por dentro. Extraje la cuchilla de mi mochila y, sin ninguna prisa, la apliqué a mi yugular, de manera que sentí que me hería levemente en la piel. Y así me estuve durante unos segundos, sin que temblara el pulso. Ya no había marcha atrás cuando, de repente, el escalofrío del terror, ¡el terror ante la perspectiva de fallar en el intento! ¡Lo mío no era ser un intento de suicidio!, pero ahora ya no estaba seguro de que esta endeble cuchilla pudiera quitarme la vida. ¿Y si se quebraba? ¿Y si la herida manaba hasta salir del excusado y el portero entraba a revisar y me delataba, socorriéndome, impidiéndome morir? Entonces el luminoso y abstracto encandilamiento de la decisión se enturbió y una nube roja me empañó la mirada. Todo era ahora rojo, como si me hallara sumergido en un lago de sangre dantesco, y “veía” rostros que se burlaban y reían a carcajadas agresivas, terribles y humillantes de mi “farsa.” Claro, había fingido suicidarme para llamar la atención sobre mi insignificante obra. Ahora un editor local, aprovechando la novedad, imprimiría mi novela inédita, algunos meses después, quizá dentro de dos años, se agotarían mil ejemplares. La efímera gloria de un mediocre incapaz de matarse por su propia consagración, llegaba a su efímera conclusión. Ahora, puro, el olvido eterno era mío por fin. ¿Podía concebirse un escenario más deshonroso para un autor presuntamente maldito? Tuve de nuevo, como aquella ocasión en que una fondista arrebató la comida obsequiada por un cliente a un mendigo y la arrojó al bote de la basura, unas enormes ganas de llorar. Quise morir derramando la vida en llanto. Sentí que me quedaba sin fuerzas y el tiempo empezó de nuevo a gotear. Tic, tac, goteaba la clepsidra. Tic, tac. Minutos después me encontraba fuera del teatro, caminaba buscando un autobús para regresar al apartamento con mi compañera. El mundo era raro hasta el desconocimiento. ¿Resucitaba?

V. Judas

De no encontrar su suicidio estrambótico e inexplicable, yo diría que Judas es el más deshonrosamente célebre de los suicidas. Casi parece una broma, le haya o no asistido razón tanto para la infamia como para el autocastigo. Resulta problemático determinar, desde el punto de vista de Cristo y de los más sutiles cristianos, si lo traicionó o sacrificialmente se limitó a cumplir un espantoso deber. El Crucificado advirtió inicialmente a sus doce amigos que el Hijo del Hombre sería entregado a sus verdugos. Luego, en Getsemaní, siempre según Mateo, sumido en la más grave pesadumbre, “mi alma está muy triste, hasta la muerte” [iv], dice, y se retira en tres ocasiones del grupo a pedirle a Su Padre reconsiderar el asunto, dejando en manos de Él, sin embargo, la última palabra. Todavía in extremis advierte Jesús: “ved, se acerca el que me entrega”, pero no hace nada él, el Hijo del Omnipotente. Luego de cumplir lo resabido y consentido por el mismo Cordero, arrepentido (“sintió remordimiento”, traduce otra versión), Judas se ahorca pendiendo de un árbol.

VI. Banalidad y suicidio

Todo está sujeto a cambio y lo que nuestro muchacho encontró de definitivo en su padre podría no parecerlo después, cuando su juventud hubiere avanzado hacia la madurez, dado el caso. Cambiaría él, cambiaría su padre, ineluctablemente. De ninguna manera lograría yo (nadie pudo) disuadirlo de su impaciente solución. Yo sabía, o creía saber, que mis palabras estaban sembrando una humilde inquietud acerca de su certeza terminal. ¿Alcanzó a desviar sus emociones de la irritación empecinada, y pudo verlo a su padre en la belleza esencial de su figura, en su dimensión arquetípica? Ignoro si el ego le atascó la salida a la claridad de la comprensión del otro, del mundo.
Para muchos este no es el mundo de ellos (ni ningún otro lo es.) Se quiere uno que sea minuciosamente acorde, conforme a su sensibilidad, expectativa e intereses; sus caprichos, en fin. De esta manera están en posición de exigir a los demás, exprésenlo que no, dejar de ser lo que son, ser lo que tendrían que ser. Así para ellos el suicidio, el fracaso -no especialmente económico, social o profesional, ni siquiera amoroso, sino vital- es su sello. Los tenemos ricos y profesionalmente exitosos, fracasados perfectos como seres humanos, es decir, como seres no solamente emocionales, sino racionales capaces de contemplar la singularidad de un destino (nadie vive por otro), de captar en su significado profundo la aventura de los retos, la puesta a prueba de nuestras fuerzas e inteligencia, la calidad de nuestro instinto. A esta modalidad de suicidas los sindico de superficiales. El hombre es una fiera que juega con otras reglas. Se presume una superioridad metafísica sobre la bestia, y la perspectiva de nuestra finitud, con toda la carga trágica que saberlo entraña, nos levanta al nivel de lo épico. Una épica cotidiana, es cierto, a menudo anónima, pero que ante los ojos del atento testigo no es inferior a la de los héroes del mito, la leyenda, la fantasía o de la historia: ¿qué, sino nuestras humildes angustias, nuestros anónimos infiernos y nuestras desesperadas ilusiones los han inspirado? Cada día es un desierto con espejismos de oasis paradisíacos, con fantasmas diurnos, fieras de fascinante elegancia que encarar. Solo en este sentido entiendo que el suicida aparece bajo la especie del fracasado para la vida. Algunos empuñan fanfarrones esta opaca bandera y arrojan su cadáver al rostro de los enemigos que más aman, exclamando: “¡Mira, soy el súper campeón del fracaso!” ¿Qué tan casual resulta que esta era de hinchas del fútbol y choferes traiga consigo la jactancia del fracaso? También hay fanfarronería en esto, naturalmente y con ello se promueve toda una cultura comercialmente exitosa. Escritores, músicos, cineastas, vedetes se venden maravillosamente bien bajo esta etiqueta. Fracaso S.A, Fracaso Ltda… Toda una industria existencial.

VII. La gambeta de Cioran. Pase de Goethe a Werther

Cioran nunca se suicida, dejando esto a sus lectores, porque tiene éxito en el mejor sentido de la palabra: encarna el perfecto acople del amor y la venganza, la alquimia que ha transmutado la amargura y la descomposición de su tiempo en el relampagueante aforismo que deslumbra y se disuelve en la perplejidad del nihilismo. El silogismo es la higa que le enseña a la tentación de sucumbir. De esta manera se saborea con estilo la agria condena de los solitarios confinados a los vértigos del pensamiento, los rumiantes de su propio desasosiego. Es así como la cabeza de la futilidad oficial es aplastada por el empecinamiento bendito de los solitarios jugadores sin el comodín del suicidio. Werther cae en la tentación y arrastra consigo a susceptibilidades adolescentes, sea cual fuere la edad de sus legionarios. En el gabinete con Mefistófeles, Goethe aguza los dos puntos de fósforo que ha prestado a Fausto.

VIII. Drieu La Rochelle o la mirada por encima del hombro

¿Por qué, entonces, se suicida La Rochelle? Porque Drieu andaba ebrio de fiesta. No podía con tanta fiesta prendida en su tremendo espíritu y llegó a vivir una misericordia aguda por el luto de los otros, los tópicos, siempre velando el cadáver de lo que no es. Sí. Drieu La Rochelle o la fiesta sin sosiego. Ahora ya sabemos por qué no tenía motivos para suicidarse y justo lo hizo porque era el hombre sin un solo motivo para quitarse esta vida. No hubiéramos entendido jamás que nos dejara declarando que no lo hacía por esto ni por lo otro. Pensaríamos que algo ocultaba, el tunante. Y, según nuestra catadura, le hubiéramos endilgado no sé qué debilidad. Pues he aquí que no. Drieu simplemente echó, encima del hombro, una mirada a la estancia, vio que todo estaba en orden y, con una sonrisa de olímpica gratitud, como el perfecto caballero que era, cerró suavemente la puerta. Es que Dieu La Rochelle no tiene absolutamente nada que ver con el Van Gogh de Artaud. No es la sociedad la que lo suicida, ¡en absoluto!: no tiene ningún déficit de litio ni psicosis delirante, ni tienes que administrarle ansiolíticos ni antidepresivos. Su espíritu es un mecanismo perfectamente encajado en su circunstancia, una espléndida fruta solar antes del otoño, plena de jugo, un caminante victorioso que pasa y flamea orondo ante los heraldos del armisticio burgués. “¡Qué se vayan a paseo!”, exclama remangándose y les hace la higa. Van Gogh estaba agotado de su pasión y demasiado nervioso. Drieu, profundo, planeaba en la alfombra mágica de los indiferentes entre las llamas del infierno. Su Nirvana nada tiene que ver con el éxito profano.

IX. La droga de la vida y la de la muerte

Hitler es una escueta consecuencia, y resulta un poco incómodo consentir en que se trató de una decisión. ¿Era Hitler un individuo en el hondo sentido de esta palabra para el arte, para la filosofía, de esta preciosa palabra? Me permitiré dudarlo. Nadie espera atrapar con vida a Hitler. Su acto es inercial apenas, tan predecible como su fracaso a la postre. Un país no puede someter a todos los países mediante violencia perpetuamente y los imperios brutales son derribados por su propio reflejo atroz en el tiempo. Un hombre no puede gobernar a todos los hombres, no especialmente un sujeto de esa categoría de loco de la historia, incapaz de gobernarse a sí mismo, desaforado en su ambición de poder ilusorio, irremediablemente precipitado al fracaso.

Llega un momento en que no soportas tanta plenitud (fiesta, le llamo) y te entristece, te deprime –empleo un convencionalismo técnico- el fracaso de los otros. ¿Por qué fracasan los suicidas habituales, los más frecuentes? No pueden fabricar ellos mismos el mundo. Dios se ha equivocado de parte a parte y dado que no tienen modo de enmendarle la plana, los liquida esta impotencia sentida. Su sentimentalismo nos conmueve, su presunción nos escandaliza. Lo presento de manera genérica, ya que no hace falta señalar en cada caso particular el error de la vida (de Dios) que bien estará materializado o puede tener su piedra angular en un objeto concreto cualquiera: la novia, el dinero, la madre, la falta de reconocimiento público. Todo esto es radicalmente vulgar, desde luego. En cuanto a la etiología puramente somática del dolor de la que se habla en tantos casos, para la química está la química. La droga no es ni de lejos solamente un par de alas hacia otras percepciones, como quiere Huxley. Para casi todos es un analgésico emocional y suele funcionar clínicamente en muchos casos. Suicidas somáticos en potencia mueren en el desván de nuestras sociedades, de física insensibilidad. La psiquiatría clásica se ocupa de que así ocurra. La Rochelle no buscaba redención, ni mucho menos doparse. Por eso dice que la droga también es aburrida. Todo el exquisito veneno (la venganza contra la muerte) que se balancea en éxtasis de amor y baila con él su plácido bolero, está no ya en la palabra “aburrida”, sino en el también que he entrecomillado.

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[1] Solamente los idiotas no cambian de parecer.

[1] La mujer es voluble.

[1] Acerca del suicidio de los Koestler, véase lo de Georges Mikes en https://elcafedeocata.blogspot.com/2007/09/el-suicidio-de-arthur-koestler.html

[1] Nueva Biblia de las Américas, rescatado en https://www.biblegateway.com/passage/?search=Mateo%2027%3A3-10%2CHechos%201%3A18-19&version=NBLA

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