«Monrovia», de José Luis Muñoz
LUIS QUIÑONES
No pude evitar el asombro cuando leí Monrovia, la última novela del escritor José Luis Muñoz. Si bien es cierto que está sobradamente acreditada su carrera de escritor, que avalan sus numerosas novelas (Pubis de vello rojo, La frontera sur, Cazadores en la nieve o Yakutat, por mencionar algunas de su más de cincuenta obras publicadas) e importantes reconocimientos (Premio Azorín, La Sonrisa Vertial, o el Premio Café Gijón, entre otros muchos), no es menos cierto que Monrovia habrá de situarse, sin duda, entre sus títulos más logrados. Editada por Bohodón Ediciones, la novela es un arriesgado homenaje contemporáneo a la tradicional “novela de aventuras” que, a partir de su magnífica construcción, el autor se permite recrear utilizando los esquemas tradicionales del género, para convertir la historia en una novela que a la fuerza rompe con las costuras de los patrones de este género, pensado casi en exclusiva para el entretenimiento del lector.

La novela cuenta el viaje Agustín Serch, un novelista mediocre y frustrado que descubre accidentalmente, el mismo día que se queda en el paro, que su mujer mantiene una relación con otro hombre. Abandonará su casa y, en la pensión en la que se aloja, conocerá a un personaje brutal, Pablo Cienfuegos, un curtido marino, que le insta a que se enrole en el Nostromo, un barco a punto de zarpar rumbo a Liberia con un cargamento de vacas. Necesitado de experiencias de las que nutrir sus novelas, Serch pide trabajo en el barco y consigue un puesto para cuidar en la bodega de los animales. El viaje en barco, el asombro que despierta en Agustín y en los lectores el mar, y alguna vaga resonancia a novelas como Capitanes intrépidos, con tormenta incluida (como debe ser), se entrelazan con el relato de la accidentada singladura del barco, cuya tripulación, formada por gente hostil, irá curtiendo a Agustín Serch, quien consigue intimar con Hugo, un argentino de izquierdas y revolucionario, con ideas casi mesiánicas, que se hace amigo de él. Con estos ingredientes, la novela recorre la incierta ruta del Nostromo hacia Liberia, entre los cánones más o menos convencionales de las novelas de aventuras y de viajes.

Sin embargo, la novela se convierte en una narración histórica que bordea un realismo violento, próximo a la crónica histórica, que evoca el famoso relato de Conrad. El viaje de Agustín Serch termina en el «corazón de las tinieblas», que no es otro que el centro de un país devastado por la miseria y la violencia. Serch y Cienfuegos deciden instalarse en Liberia, con la intención de montar un ruinoso negocio de venta de bebidas alcohólicas en uno de los lugares más depauperados del planeta, donde precisamente el alcohol hace estragos en la vida de los más desfavorecidos. La aventura empresarial llegará hasta la subida al poder del dictador Samuel Kanyon Doe, en 1986. A raíz del golpe de estado, se desata la violencia, que José Luis Muñoz nos relata a través de los ojos de Serch. Los asesinatos, los rituales mágicos, la brutalidad liberada, tan alejada de los principios europeos del protagonista, ofrecen al lector el reportaje de un continente herido: lo fue Liberia, pero antes lo fue Biafra, o el Congo o, más recientemente, Sierra Leona.

La insoportable violencia y la sala de interrogatorios en que se ha convertido el país hace que Serch tome la decisión de alejarse de Monrovia, para adentrarse en el país y encontrar a su compañero Hugo, que, tras su viaje en el Nostromo, también decidió quedarse en Liberia para ejercer de misionero de una revolución que se convierte en una sangrienta utopía inalcanzable. Y es allí, en compañía de Hugo y dentro del territorio de la selva, donde encuentra reveladoramente la belleza del país, personificada en una mujer, que le hará olvidar en parte el horror de las masacres étnicas y políticas sin control de las que Serch ha sido testigo.

El viaje del protagonista es algo más que un viaje de aprendizaje o la mera búsqueda de aventuras y experiencias: José Luis Muñoz nos adentra en el descubrimiento de lo que es el infierno, forjado después de siglos de esclavitud y de colonialismo, de siglos de explotación de los recursos naturales por parte de algunos países de Occidente y de la corrupción política de una nación sometida al tráfico de armas y a los intereses espurios de otras naciones, que perfectamente puede ser la fotografía de la realidad social y política de un continente entero. Lo ritual, lo mágico y la violencia gratuita sedimentan una novela en la que África es el tema esencial, tan olvidada a veces por esa tendencia de Occidente a mirar para otro lado, evidenciando que no ha sabido asumir sus responsabilidades con las naciones empobrecidas que han cimentado nuestro progreso. El libro de aventuras se convierte poco a poco en una denuncia, y por ello en un libro esclarecedor y terrible al mismo tiempo. Y en la misma proporción, en una lectura necesaria.