Triálogo: agamia, monogamia y poliamor

Por Israel Sánchez

 

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Tengo poco que hacer, y aún así lo dejo todo pendiente, porque he descubierto el placer de regodearme en las estupideces que no cometo. Apenas se me ofrece cosa alguna que me lleve a alguna parte, y menos aún las obligaciones, las cuales me dejan, más que todo lo demás, bien quieto en mi sitio.

Así, me dedico más bien a dejar que hagan otros, en la convicción de que, de no ocuparme yo de esta tarea, quedaría por todos olvidada. He de decir que me muestro en mi oficio tan ineficaz como cualquiera, pues si inacabable es el trasiego que observo en torno mío, no menos prolongado es mi reposo, que además entiendo siempre inconcluso y pendiente de ser retomado a la menor oportunidad.

Y de entre las cosas que presencio, soy especialmente aficionado a las conversaciones, pues tienen en común con mi labor que, acabada ésta, no queda de ella huella que diga “aquí se coció un guisante”.

No hace mucho, dejando morir la tarde en y con un café, tuve la suerte de que tomaran asiento casi a mi lado tres individuos a las que pude catalogar como un hombre monógamo, una mujer poliamorosa, y alguien que comulgaba con los principios de la agamia y que, a mi escasa pericia, no me pareció que se visibilizara como perteneciente a género alguno, conocido, inventado, o pendiente de invención. Consideré valioso el logro de éste último, y sólo me preocupó que dejarse el género por el camino le hubiera conllevado algún esfuerzo.

Descubierta, como digo, su condición, me apresuré a aplicar la oreja, y enseguida el lápiz, porque surgió en mí el inesperado deseo de hacer públicos sus pareceres sin atenerme en lo más mínimo al respeto de la privacidad.

Según mis notas, fue el monógamo quien arrancó, en términos parecidos a estos:

-MONÓGAMO: me inspiran el máximo interés tantas y tantas propuestas como recientemente han surgido en torno a los misterios del amor, y tantas como vosotros, con encomiable afán, investigáis y representáis. Veo muy necesario, sí señor, mirar a la realidad a la cara, sin miedo a enfrentar sus miserias, y con el ánimo dispuesto a resolver todo aquello que de malo descubramos; e incluso a mejorar lo bueno, porque siempre es esto enemigo de lo mejor (me encantó este proemio, porque hablando de las miserias del amor veía yo representada mi aversión a emprender aventura amorosa alguna).

Pero he de confesar, y lo digo con todo respeto, que hasta el momento nada he escuchado, por allá ni por aquí, que me haga considerar al viejo amor peor que cualquiera de sus alternativas. Cuanto más conozco, más se reafirma mi fe en las perfecciones de este sentimiento, y veo que su realización en la pareja es muy superior, e infinitamente más hermosa, que el resto de las componendas.

La monogamia verdadera y feliz es, sí, difícil de alcanzar, y laboriosa (“y laboriosa” decía. ¡Para qué decir más! En el mundo que yo conozco toda laboriosidad conduce al mismo fin que lo sencillo, sólo que tras mucho más trabajo). Pero, ¿qué destino más feliz podemos imaginar que compartir la vida entera con una persona cuya alma no dejamos de admirar un solo día, y que nos brinda, a su vez, lo mejor de su admiración y de sus atenciones? (Esto no lo había yo observado nunca en mi vida, pero bien valía un brindis). Francamente, esta borrachera de armonía no la cambio por tribu, comuna u orgía que valga, y aún sin que llegue a durar siempre, pienso que el resto de los arreglos vivirán en la melancolía del verdadero amor de pareja, si es que han disfrutado del privilegio de conocerlo (Ese hombre merecía un aplauso. De haber estado seguro de que le habría servido para algo, a fe que se lo habría propuesto).

POLIAMOROSA: El amor es amor siempre. Haz un esfuerzo de imaginación. Suspende tu prejuicio negativo contra las relaciones múltiples y aplica esa misma admiración no a una, sino a muchas relaciones (del “uno” al “mucho” perdía la segunda ponente todo cuanto adornaba al primero. En discurrir qué podría haber en este mundo que abundando ganara sobre su escasez, casi pierdo las siguientes razones). Si la armonía perfecta con una persona es una felicidad inmensa, ¿cuánto no lo será si, además, se ama a una tercera o una cuarta? En ningún sitio está escrito que el amor deba reducirse a una relación entre dos. Antes al contrario, su cierre cierra también su crecimiento. La pareja se asfixia, se condena al final por no saber crecer incluyendo en ella a otras personas que renovarán su capacidad de querer. Nada que ofrezca la monogamia queda fuera del alcance del poliamor. Pero éste añade generosidad, independencia, lealtad verdadera. El poliamor es la ventana que viene a airear los sótanos de la monogamia (lo de airear lo vi muy a propósito, pues de tanta gente hablaba ya, y todo remetida en un sótano, que no se podía encontrar servicio mejor que el que ofreciera un respiradero).

M: Por esa ventana se va lo mejor de su esencia (en buena hora). Allá van los mejores momentos compartidos. Allá van los proyectos (bendita ventana, cara ya a mi corazón), fluctuantes entre unas y otros, que nunca crecen porque siempre se apoyan en mil patas con sus mil cojeras. A ver quién vuelve a pillar a la tranquilidad, a la confianza, que se fue corriendo, feliz y despreocupada por la ventana para no volver jamás, y dejar en su ausencia un infierno de angustia, miedos y marginación.

Creéis mejorar algo sólo porque dejáis de mirar sus faltas, porque tacháis sus defectos como si pudierais aplicar tinta sobre la realidad. El amor es un equilibrio, y en él hay que moverse con cuidado, porque es fácil derramar algunas gotas (de buen grado le habría hecho notar que el mejor modo de preservar el líquido aquél, ya fueran mieles u orines, era no mover el recipiente, sin cuidado ni con él). Vosotros os agitáis con la furia de quien no soporta más la tensión, y prefiere, en el fondo, el suicidio a la lucha.

¿Qué es, al final, el poliamor? Una utopía que no se realiza nunca. Queréis que la monogamia hable con valentía de sus limitaciones, y vosotros os ocultáis vuestros fracasos penosos y constantes. Vuestra única victoria tras cada tormento de celos, conflictos y pactos imposibles es que fuisteis poliamorosos. ¿Y qué con eso? Pensáis, llenos de fatuo despecho, que arrojáis un guante blanco al rostro de la monogamia, pero no es más que una manopla raída y mugrienta (¡qué verdad! Aunque la victoria de él tras su intervención no era otra que haber dicho una raída sarta de sandeces).

P: ¿Cómo se puede defender la monogamia y, a la vez, hablar de miserias? El poliamor no es un éxito garantizado, ni un sistema perfecto, ni un camino fácil, pero todas las ventajas que pueda ofrecer la monogamia sobre él son producto de los defectos mismos de la monogamia.

Nada perturba vuestros proyectos de pareja porque os aisláis del mundo. Vuestra armonía perfecta es la sugestión que os produce el elogio mutuo. El precio que pagáis por obviar las dificultades naturales de las relaciones es el encierro. Llamáis amor al simple narcisismo y, para poder entregaros a él, abandonáis el que debería ser verdadero objeto de amor, que es el mundo, la naturaleza, la gente. El poliamor abre la experiencia a una vida plena de afectividad, con sus conflictos, sí, pero siempre en un mundo entendido como un espacio amoroso. Creéis que amáis cuando, en realidad, vuestro amor consiste en cohibir vuestro amor, encerrarlo, concentrarlo y ver si, aumentando su densidad, parece mayor. El amor no puede ser mezquino, ni reducirse a uno. Amar es dar. Y dar a todos.

ÁGAM@: Y recibir de todos, supongo. Y amar a los animales y las plantas, y a las piedras grandes o pequeñas, y a las ideas y al aire. Amar es una emanación benigna que el amante proyecta en torno suyo, haciendo el bien y neutralizando el mal. Para el amor todo es importante, desde lo más soberbio hasta lo más humilde. Sabemos que alguien emana amor porque sonríe beatíficamente a todo, sin importar el olor que desprenda.

M: Mi simpatía hacia la novedad no alcanza a la agamia, y tu discurso me confirma en este parecer. ¿Ése es tu modelo? ¿La crítica zafia hacia el más sublime de los sentimientos?

A: Sí. Aunque yo la llamaría “el sublime desprecio hacia el más zafio de los sentimientos”.

M: ¿Y cómo te llamarías a ti? ¿”Quién que no cree en el amor; ni en el género; ni en la pareja;  ni en la fidelidad”? ¿”Quien se conforma con destruir”?

A: “Quien no cree en todas esas cosas” me gusta, porque bien cierto es que no creo. En cuanto a destruir lo que no existe me lleva, como imaginarás, poco trabajo.

M: Yo tengo un matrimonio; una mujer que me ama, a la que amo; unos hijos a los que entrego mi vida; un día a día en el que peleo porque todo ello siga adelante, por resolver cada problema que surge y por disfrutar de esta bendición. Todo eso no es una idea, sino que existe, ¡vaya si existe! ¿Qué tienes tú? Soledad y cinismo. Una propuesta, crees. Mírate: ¿eres la encarnación de tu propuesta? Entonces es que no propones nada.

P: Que no estés de acuerdo con su propuesta no significa que no sea válida. Tú eres feliz con tu forma de vida, pero esa forma de vida puede ser inadecuada para otra persona. Yo también pienso que renunciar al amor es un error; es más, creo que incluso la renuncia al amor es una forma de amor. Pero nuestra sociedad es muy diversa y nos ofrece una gama infinita de relaciones, ya sea por las variantes que producen las distintas identidades de género, los distintos niveles de compromiso, las distintas capacidades para abrir la pareja…

A: Claro, todo vale.

P: Eso es.

A: Eso es lo que significa “poliamor”

P: Eso es.

A: “Poli”: Todo. “Amor”: Vale.

P: No, pero es la posición más tolerante que conozco.

A: La monogamia es infinitamente más tolerante. Predica la fidelidad, pero la abandona continuamente. Se considera afectuosa, pero vive una disputa sin fin. Adora como a una divinidad a quien convierte en esclavo. Dice “para siempre” y añade “mientras dure”. Frente a esto, la poligamia insiste en que hay que ser sincero, rechazando a los mentirosos; invita a reconocer el género propio, y tacha de reprimido a quien no lo encuentra; exige que el amor sea universal, y quien descubre odio dentro de sí queda excluido.

                  El poliamor no es tan tolerante como pretende, aunque debo reconocer que está dispuesto a considerar amor cualquier cosa que se considere amor a sí misma, que no obliga a evitar contradicciones a aquellos que necesitan de ellas para explicarse, y que ve con buenos ojos que cualquiera la traicione si es que lo hace por amor.

                  El poliamor es tolerante, lo reconozco, pero debe agradecer su tolerancia a la monogamia y a todo lo que de ella copia, que es la integridad, salvo la ingeniosa idea que le da nombre; y reza esta idea que lo que vale para uno bien vale para muchos, o que de donde comen diez comen ciento, pues sabemos por la muy verdadera vida de Cristo que, teniendo voluntad, para alimentar a una muchedumbre es suficiente con un pan y un pez, y aún sobra (de todo esto debo decir que ni entendí palabra ni sentí el menor interés por hacerlo, porque me pareció un galimatías de tolerancias que bien valía para tolerar mi desentendimiento, máxime que reclamaba poca atención, porque hablaba con la mirada perdida hacia otro lado, como si leyera lo que decía en la carta del mostrador).

El Roto

El Roto

M: Bien se ve cómo eres y lo que representas. Ni entiendes a tus enemigos ni respetas a tus aliados. Pocas personas se encuentran tan sensatas como esta mujer. Ella te brinda su comprensión y tú le pagas con desprecio. Yo, que me considero un completo convencido de las bondades de mi forma de vida, llego a dudar ante sus argumentos, y diría que, de saber que es alguien así quien fuera a hacerme conocer el poliamor, estaría incluso dispuesto a probarlo. Pero tú me pareces una aberración, un espíritu forajido, una mente sociópata. No eres sólo lo opuesto al amor, que ha estado con el género humano a lo largo de toda su historia, uniéndolo, hermanándolo, civilizándolo y aportándole dignidad, sean cuales sean las ingenuas aunque bienintencionadas críticas, puntuales y efímeras, a las que a veces se ha enfrentado. Tú eres lo opuesto a todo, a la moral, a la lógica, a la razón, a la convivencia, a la fraternidad, al bien. Eres, en definitiva, y por decirlo en una sola palabra, lo opuesto al “hombre”.

(Aquí se hizo silencio, porque nadie se decidía a contestar. A riesgo de discrepar con mis lectores debo decir que es mi parte favorita de la conversación, y que me habría gustado también como final y como principio).

M: Ah… no respondes…

A: El eco de millones de voces, desde los confines de la Tierra y los anales de la historia, resuena en tus palabras. Esperemos a que se acallen, porque si no se me va a oír fatal (creo que dijo esto porque en la mesa de al lado habían soltado un eructito, pero no me pareció tan estentóreo como para afearle así la conducta).

                  Si fuera lo opuesto al hombre ya te habrías pronunciado a mi favor, como has hecho con el poliamor, pues es sabido que, entre los monógamos, la mayor afición es la unión de los contrarios. Ante ti, mi mayor pecado dialéctico es la indefinición de género, que te impide saber si debes combatirme o seducirme.

                  Pero, ya que no compartiré ninguna otra cosa contigo, permite que comparta mi horror por mi propia persona, si es que ésta responde a los términos en los que la has definido. Soy lo opuesto a la moral, a la que tú eres lo idéntico, pues debe de ser una que se conforma con tenerse a sí misma por buena, sin que acto alguno pueda desdecirla. Lo opuesto a la razón, que es la facultad para confundir la verdad con la mentira mientras afirma que las discierne, también llamada esquizofrenia, y que es propia de quienes, al contrario que yo, porfían en argumentar con quienes no argumentan. Soy lo opuesto a la civilización, que eres tú, nodo de la humanidad sobre quien se concentran y destilan los legados de miles de culturas y pueblos. Pero eso sólo lo dices porque no puedes evitar, amoroso como eres, quererlo todo para ti, y verte como el centro de todas las dinámicas, objeto del más monstruoso de los egoísmos.

giuseppe colarusso 029iiGiuseppe Colarusso

 

(Y de esto pasaron a hablar de otras cuestiones, y  arrojarse diversos objetos, en el mismo tono amable y conciliador. Me quedé, así, sin oír apología alguna de la agamia. Importaba poco, en cualquier caso, porque sabía de antemano que todo lo que pudiera interesarme lo iba a encontrar aquí).

 

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