Giorgio Vasari, el renacentista

Por José Antonio Ricondo

 

El próximo 27 de junio hará 440 años que moría en Florencia Giorgio Vasari, a la edad de 63 años. Historiador del arte, pintor, escritor y arquitecto nacido en Arezzo en 1511, comienza a los trece años su oficio de pintor a las órdenes de Andrea del Sarto. Vasari se asombra con el Manierismo de Florencia y queda emocionado por las obras de Miguel Ángel y de Rafael. Sin embargo, además de ser célebre por su “Vidas de los más sobresalientes arquitectos, escultores y pintores”, Vasari saltó a la palestra hace dos años por haber ‘cubierto’ supuestamente “La Batalla de Anghiari”. El pintor, Leonardo da Vinci. La pintura, hasta ahora perdida. ¿Se ciernen las sombras? ¿Alguna maquinación por parte de Vasari? De ser cierta la hipótesis, lo que hubiese hecho Giorgio habría sido levantar un espacio hueco entre la pintura de Leonardo y la que le fue a él encomendada, para no destruir la anterior y así aislarla.

Vasari respetaba y apreciada a Leonardo. Humanista y renacentista, distaba de haber tenido una reacción impropia ante el mural de Leonardo. Por eso, de su mano mayor, cuando se le pide aderezar y remodelar las paredes del Salón de los Quinientos del Palacio Vecchio florentino, no pinta sobre el cuadro de Leonardo, a pesar de que -como conocedor y seguidor de las técnicas de su estimado maestro- este no utilizaba los frescos y los dejaba, nunca mejor dicho, por imposibles. El yeso fragua rápido y Leonardo no se daba prisa por pintar. Era un pintor poeta, filósofo y, sobre todo, científico. Tenía muchas ideas en la cabeza y quería experimentar todas: “Creyó poder colorear la pared al óleo, por lo que compuso una mezcla tan espesa para encolar la pared que, mientras seguía pintando en esa sala, empezó a chorrear, de tal manera que en poco tiempo tuvo que abandonar la obra”, dirá Vasari con delicadeza.

Más que un trasunto de competencia entre batallas, se trata de encontrar la de Leonardo -la de Anghiari-, solapada supuestamente por la de Vasari, “La Batalla de Marciano“. Este difícilmente hubiera podido competir con su ídolo. La fama no le acompañaba de igual manera. Hay quien se pregunta qué hubiera pasado de haber sucedido al revés, es decir, que un Leonardo hubiera escondido a un Vasari. Nada, evidentemente; ¿a quién se le hubiera dado permiso para perforar una pintura de tal calibre para buscar otra?, cuando en el caso real la que se cree de Leonardo está inacabada. Más aún, el mensaje enigmático escrito en el estandarte verde del soldado florentino parece estar dando pistas.

 

unnamedLa Batalla de Marciano

 

 

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El que sí ha sido tapado es el ingenio de Giorgio Vasari. Se dice que es famoso solo por la divulgación de pintores y artistas de la época. Un erudito que nos ha hecho conocer desde siempre los entresijos del arte y de la vida de los demás, sin darle la impronta de haber sido también arquitecto. Nada más lejos de la realidad.

Artista tan genuino en sus frescos como otros, además coleccionaba ilustraciones o láminas que, en ocasiones, le permitieron exponer los dictámenes estéticos que incorporó en su famosa “Vidas de los más sobresalientes arquitectos, escultores y pintores” (1542-1550, ampliada en una segunda edición en 1568), la enciclopedia biográficoartística que aún hoy se mantiene. No se puede imaginar alguien entender la historia de lo que es el arte italiano sin este humanista; en esa obra, emplea el término Renacimiento singularizando así ese momento que ‘renacía’. Dice también que Rafael se dedicó con decisión a los entretenimientos del amor, hasta que en una ocasión “se desmandó”, muriendo lánguido a los treinta y siete años. Se vive el Humanismo y Vasari va a ser quien inicie la Historia del Arte. Asimismo, introduce la expresión “estilo gótico”, equivalente al de bárbaro, recordando al ejército godo.

Y cuando los artistas importantes están en el cenit de su oficio, en una Italia bajo el boicot extranjero y absolutismo de sus príncipes, Vasari vislumbra el cuestionamiento de los excelsos principios en el arte y en la política, sus enfrentamientos, sus esperanzas y contradicciones. Advierte la caída y nos introyecta el pasado reciente del Renacimiento antes de su ocaso. Es el fedatario de esa época que con sagaz entendimiento del encanto estético dimensiona una conspicua inteligencia para edificar y articular todo ese inmenso universo en aprendizaje e investigación del que él se había impregnado.

Al final, este erudito de quien los demás se sirven para analizar y estudiar una época gloriosa del arte y de las humanidades nunca imaginó que, después de casi cinco siglos, le fuesen a perforar su pared para adivinar si detrás de ella se encuentra un Leonardo perdido. Seguro que, de saberlo, sonreiría debido a no hacérsele justicia por más obras, por la construcción de la elegante casa -actualmente un museo dedicado a él- y a cuyo embellecimiento se entregó con mucho denuedo.

Arquitectónicamente, el Palacio de los Uffici. Pictóricamente, los frescos en el salón principal de la Cancillería Papal en Roma y algunos frescos ornamentales en el Palazzo Vecchio de Florencia, como el de “Cronos castrando a su padre Urano”.

 Christofano

 

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