Los Fabelman, de Steven Spielberg

Indisimulado biopic el que hace Steven Spielberg sobre su infancia, adolescencia y juventud marcada por el cine que no es, ni de lejos, una de sus películas más notables (El imperio del sol, Munich, La lista de Schindler, Salvar al soldado Ryan). El rey Midas de Hollywood, quien siempre ha estado detrás de los mayores taquillazos de la industria cinematográfica norteamericana y convierte en oro todo lo que toca, sigue con su hiperactivismo y pronto lo veremos en una nueva aventura de Indiana Jones con un Harrison Ford abuelete que sigue repartiendo puñetazos y latigazos a diestro y siniestro y quizá con algún Jurassic Park, las películas que engruesan su cuenta de resultados.

Decepcionante el film con siete nominaciones a los Oscar que no consigue enganchar en casi ninguno de sus pretendidos emotivos pasajes y cuya parte más interesante se centra en el conflicto familiar de los Fabelman, cuando ese matrimonio aparentemente idílico se desmorona y la madre soñadora y artista (una Michelle Williams bastante insoportable y sobreactuada en todo momento) decide separarse de su marido informático Burt (Paul Dano, blando como siempre, gelatinoso diría) para irse a vivir con Bennie Loewy (Seth Rogen), el amigo indisociable de la familia.

Steven Spielberg no es capaz de transmitir su pasión cinematográfica a través de su alter ego Sammy Fabelman niño (Mateo Zoryan Francis-DeFord) que decide hacer películas a raíz de ver en una sala con sus padres el descarrilamiento del tren circense de El mayor espectáculo del mundo y luego El hombre que mató a Liberty Valance, cumbre cinematográfica de John Ford. Una de las partes más insoportables de Los Fabelman son precisamente esos rodajes juveniles del precoz director (Gabriel LaBelle cuando es un adolescente), el western y esa película bélica que rueda con sus amigos y proyecta luego en el instituto.

Hay algún momento brillante, el de Sammy grabando a su madre mientras baila en esa salida campestre en familia ante el embeleso de Burt, su marido, y descubriendo, cuando observa los fotogramas en su máquina de montaje, la relación de su madre con el amigo de toda la vida Bennie a quien el objetivo pesca cogiéndola de la mano en un segundo plano, pero luego todo se desvanece cuando la familia, sin la madre, emigra a California, Sammy sufre acoso en el nuevo instituto por ser judío y bajito, vive su primera experiencia sexual con la compañera de pupitre Mónica (Chloe East), una católica a ultranza, personaje caricaturizado, que a punto está de convencerle de que abandone la fe hebraica, y rueda una nueva película de esa jornada de playa de los chicos del instituto en la que el objetivo engrandece la figura del matón y macho alfa del grupo, el guaperas Logan Hall (Sam Rechner) ante la incomprensión de este que no se reconoce en el personaje de ficción que el alter ego de Steven Spielberg recrea, una alegoría de la magia del cine.

Decepciona y aburre a partes iguales la última película del director de El imperio del sol, plagada de lugares comunes que ya hemos visto en infinidad de películas (las secuencias de instituto con las cuitas de los teenagers). Adolece el film de un error de casting notable porque ninguno de los actores tiene el suficiente carisma para que el espectador pueda empatizar con ellos. Pienso que Los Fabelman hubiera ganado muchos enteros de haber sustituido a Paul Dano por Tom Hanks, por ejemplo. Y el film contiene algunos momentos de vergüenza ajena, como la llegada a la casa familiar del cascarrabias tío Boris Podgorny (Judd Hirchs) y su conversación con Sammy que, junto a una canción rusa que entona en otro momento la familia, nos hace sospechar de su origen eslavo.

Las comparaciones suelen ser odiosas, pero es inevitable poner el film autobiográfico de Steven Spielberg en la misma balanza que Fanny y Alexander, por ejemplo, la luminosa recreación de los primeros pasos de Ingmar Bergman para ver cómo se vende del lado del director sueco. Hay que esperar al final de Los Fabelman, al encuentro de Sammy con el mítico John Ford (un David Lynch extraordinario que por un momento nos hace creer que el director de La diligencia aún sigue en el mundo de los vivos y nos da una clase magistral sobre la importancia del horizonte en el plano cinematográfico) para asistir a la secuencia más inspirada de este larguísimo film: tres minutos sencillamente geniales diluidos en ciento cincuenta de mediocridad notable.

 

 

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