Si estoy

Y llega el día que ha motivado todo ese viaje transoceánico de Abimael Koczinsky y su cuarta estancia en la ciudad de Miami. No madruga. Su intervención en la Miami Book Fair tendrá lugar a las 13 horas, en el edificio 8. Se viste y se pone esa chaqueta que ha sido un error traer con el calor que hace, se peina, coloca unos cuantos libros en sendas bolsas de tela y baja al hall del Marriott Biscayne a tomar su shuttle.

Hoy su conductora va de domingo, encantadoramente florida en sus ropas y con el pelo encrespado libre de gorra que lo sujete. Luce dos enormes aros que cuelgan de sus orejas. Hello, le dice mientras Abimael Koczinsky se sienta a su lado porque van más escritores anglos a la feria en los asientos de atrás.

En la Biblioteca del edificio 2 le dan su acreditación, una tarjeta de plástico con el logotipo de la Miami Book Fair y su nombre. La misma Biblioteca ha sido habilitada como comedor para los autores invitados. Escéptico, coge el escritor equidistante un plato de poliespan y coloca sobre él cerdo mechado y pollo guisado. Los autores ocupan aleatoriamente las mesas corridas, se sientan en los bancos. Abimael lo hace en el último, junto a la ventana y una cortina caída y descubre a Dante Liano, el escritor alicantino a quien conoció en el último autobús del guateque del día anterior. Está en compañía de un extrovertido y joven profesor de historia neoyorquino de ascendencia dominicana y una chica haitiana. Hablan de Nueva York, del frío invierno, de los chinos de Chinatown que no salen de su barrio y no  saben inglés porque no lo necesitan.
—Me crié muy cerca de Chinatown, muchos de mis amigos eran chino americanos. Había entre generaciones un problema idiomático porque los viejos hablaban cantonés y los jóvenes recién llegados mandarín, y no se entendían entre ellos mismos.
Acaban hablando de los escasos hábitos de lectura de los jóvenes.
—Esto— y enarbola su teléfono móvil el profesor de historia— es el problema. Y sale, cómo no, la independencia de Catalunya, la del Valle de Arán de Catalunya si ésta se independiza, la corrupción insoportable del PP.

A la 1 toca hablar de novela negra en el quinto piso del edificio 8. Se acerca con tiempo. Se encuentra en la acera del recinto universitario al escritor cubano Rodolfo Pérez Valero, un viejo amigoSe conocieron hace treinta años en la primera Semana Negra de Gijón y los dos siguen en el camino. Treinta años son muchos. Tantos que muchos ya no están. Yulien Semionov, Donald Westlake y Manuel Vázquez Montalbán, por ejemplo. Rodolfo está igual. Él no. Si pudiera tener un encuentro con el que fue quizá no se reconocería.

En la quinta planta Abimael Koczinsky tropieza con Mariela Gal, una de las organizadoras del evento que coordina a los autores iberoamericanos. Los años no pasan por ella. Su físico es de adolescente. Ya no recuerda si es argentina, cree que sí porque no ha abandonado un cierto deje porteño en su español. Se saludan de forma efusiva. ¡Cuántos años! exclama Abimael Koczinsky. Mariela es quien le ha invitado todos estos años a la Miami Book Fair. Le está sumamente agradecido que cuente con él en la feria literaria más importante de Estados Unidos.

La sala de la quinta planta está llena. Son sobre todo amigos cubanos de Rodolfo Pérez Valero, entre ellos una hija trigueña muy simpática que recuerda de otras ocasiones y habla con él de lo mucho que le gusta España y que prefiere Madrid a Barcelona. 
—¿Por qué?
Se ruboriza la chica.
—No sé, me encuentro más cómoda en Madrid.
El maldito procés, piensa el escritor equidistante.

El abogado boliviano Gonzalo Lema, con su novela Que te vaya muy bien, premio L’H Confidencial, es el tercer autor de esa mesa hispano parlante que gira en torno a la novela negra. Y cada uno, como buenamente puede, habla de sus novelas, de lo que pretenden con ellas, de lo que consideran medular en el género, del papel del escritor, del desarrollo de las tramas, de lo difícil que es parir un libro a pesar de que ahora cualquiera se ve capaz de escribir uno. Y Gonzalo Lema diserta sobre su país con hablar pausado y aire docente, Bolivia, y sus dos culturas indígenas, la aymara y la quechua, sus presidentes nativos, el sustrato social que impregna el policial Que te vaya muy bien. Y Rodolfo de sus novelas en serie ambientadas en diversas ciudades norteamericanas, y Abimael de su nazi asesino y escurridizo como un lobo solitario sediento de sangre de El rastro del lobo.

Domingo y trabajando, se dice Abimael Koczinsky luego de la charla, en una mesa de firmas al lado de sus colegas. Firma ejemplares de El rastro del lobo, algunos de Mala hierba, uno de La Manzana helada. Hay un lector que le conoce de cuando estuvo cinco años atrás y se lleva los tres libros suyos. Fidelidad. Se lo agradece mientras escribe su nombre en cada uno de sus libros.

La tarde le depara varias sorpresas agradables. La visita del cónsul de España Cándido Creis y su esposa, una pareja encantadora. No ha conocido Abimael a ningún diplomático que no lo sea. Va en el cargo ser agradable. Y con ellos la escritora Esther Bendahan, una sefardita nacida en Ceuta, directora del Centro Sefarad de Estudios Judíos de Madrid que de inmediato se interesa por El rastro del lobo en cuanto Abimael le informa que uno de sus protagonistas es el Dr. Muerte del campo de Mauthausen. Llevaban años intercambiando correos electrónicos, pero no se habían conocido físicamente hasta ese momento. Departen sobre esos monstruos psicópatas que fueron asesinos en serie bien considerados socialmente.

Esther Bendahan participa en una mesa sobre exilios junto a un escritor argentino y otro venezolano. El tema le interesa a Abimael Koczinsky, que se considera un exiliado de muchos lugares, y de ahí ese retiro en la montaña mágica, y se sitúa en una esquina de la sala. Le gustan los extremos frente a la centralidad. Sale el tema venezolano en el debate. Dictadura o democracia. Entiende perfectamente Abimael Koczinsky que salga el tema venezolano porque los venezolanos conforman una de las comunidades latinas más importantes de Miami. Está tan cansado de Venezuela, de la que dejó de hablar el gobierno central en cuanto también tuvo sus presos políticos, como del procés. Esther Bendahan habla del relato. En efecto todo es cuestión del relato y de quién te lo cuente. Y de lo que quieras escuchar. Últimamente todo es un diálogo de sordos.

Vuelve a la biblioteca del edificio 2 a comer alguna cosa. Toma algo muy extraño, una especie de masa cruda  enrollada  rellena de jamón dulce y queso chédar. Para tragarlo, dos coca-colas. Está infame pero su paladar se está atrofiando a ritmo alarmante. Se levanta para coger un pastel de crema. Al menos en la Biblioteca de la Universidad de Miami se está fresco. Levanta luego la vista del móvil en el que está escribiendo justo cuando entra el chileno Jorge Edwards y se sienta un par de mesas más allá de la punta en la que él está. El premio Cervantes no toma otra cosa que agua. Hace bien. Se le acerca una chica para que le grave una frase para la página web de la Miami Book Fair.
—¿No lo colgarán luego en Facebook y cosechará diez mil “me gusta”? — pregunta con terror.
Cuando le asegura que no, acepta. Se dirige a cámara y habla:
—Hola, soy Jorge Edwards, escritor chileno, y estoy acá para hablar de mis libros. Muchas gracias.

Aún le queda un escritor con quien contactar. Dos pisos más abajo, en la planta 2 del edificio 8 de la Universidad de Miami. Lo busca en los salones de conferencias. William C. Gordon resulta inconfundible con su sombrero negro de ala ancha de cowboy y su sonrisa perenne. Está sentado a una mesa a la espera de hablar de sus libros y que se llene la sala de lectores. El escritor norteamericano es una institución en su país; no todo el mundo puede presumir de tener una biblioteca en San Francisco que lleve su nombre. Le sonríe al verle y lo reconoce de inmediato pese a que se vieron fugazmente en Negra y Criminal y hace un año tomando el tren negro en Madrid hacia la Semana Negra de Gijón. Se estrechan la mano efusivamente. Abimael Koczinsky se convierte en su alter ego, un comisario de un festival que se celebra en las montañas de Arán, un festival country si se realizara en Estados Unidos. Le pregunta Abimael Koczinsky cómo está de salud.
—Bien—responde con demasiada rotundidad.
Todo lo bien que uno alcanza a estar a los 80 años de edad.
—Quiero que vengas a mi festival— le dice.
—Sí, okey, si estoy.
Le dedica un ejemplar de Mala hierba.
—Para no regresar tan cargado a España—le dice.
Le vuelve a dar la mano. Si estoy, lo oye, como un eco, de vuelta al hotel con esa conductora negra a la que le ha cogido ya cariño y se abstiene de besar cuando lo deja en el vestíbulo del Marriott Biscayne por si lo tumba de un tortazo. Si estoy.

 

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