«Priscilla», de Sofia Coppola

Algo sucede, y no sabe uno bien qué, para que la fascinación inicial que provoca esta película que se acerca al genio de la música pop Elvis Presley, pero desde el punto de vista de la que fue su esposa (está basada en el libro de memorias de Priscilla Beaulieu Elvis y yo), se vaya diluyendo a marchas forzadas en su tramo final. Una realización brillante, la de Sofía Coppola (Nueva York, 1971), una puesta en escena perfecta, una ambientación prodigiosa (ayudada con las respectivas muletas musicales que rápidamente colocan al espectador en esa época pretérita y la fotografía que palpa lo kitsch de la época), buen ritmo gracias al montaje perfecto y dos actores tan desconocidos como eficaces, Jacob Elordi (Elvis) y la deliciosa Cailee Spaeny (Priscilla), con un físico muy parecido al de Natalie Portman, no son suficientes para salvar una película que en sus tres primeros cuartos de hora cautiva, hasta el punto de que podría postularse como la mejor de la directora de Lost in traslation, y luego decepciona.

Sofía Coppola destripa, en este biopic femenino y feminista, a Elvis Presley y su relación con su esposa a la que conoció cuando era una niña de solo 14 años y esclavizó con sus dotes de persuasión. El genio del rock and roll se agenció una muñeca de porcelana que nadie había tocado antes e hizo de ella a su antojo como una posesión más, la cosificó como uno de sus muchos adornos horteras de su mansión. La hija de Francis Ford Coppola narra con eficacia y hasta emoción el proceso de enamoramiento por parte de ella (las miradas perdidas en clase, la sensación de estar flotando cuando camina por la calle pensando en él, las conversaciones por teléfono, la felicidad de su rostro al escuchar su voz y saber que se acuerda de ella y es importante en su vida) en esa etapa en la que ambos coinciden en Alemania, él cumpliendo el servicio militar, y ella como hija de un alto mando destinado en el país germánico, y esa es la mejor parte del film, la más bella y entusiasta. Un siempre respetuoso, hasta la exageración, Elvis Presley consigue convencer a los padres de su púber chica, a la vuelta a Estados Unidos, para que resida en su grandiosa mansión de Graceland y tras unos cuantos años de convivencia con la menor de edad, se casa y la hace madre de su hija Lisa recientemente fallecida.

Priscilla nunca acaba de conocer verdaderamente a quien es su marido que siempre aparece rodeado de un círculo de amigos con los que bebe, se divierte haciendo carreras por los jardines de Gracieland con coches de juguete o juega al billar y se muestra con ella físicamente distante hasta cuando la besa o la abraza. Elvis es un ser extraño e inmaduro que ve películas comiendo palomitas mientras sueña con ir al Actor Studio para ser como James Dean o Marlon Brando (el rey del rock fue siempre un actor mediocre) o haraganea días enteros empastillado sin salir de su dormitorio y comiendo en la cama. Sofia Coppola se sirve de diversas texturas fílmicas (videos domésticos que retratan las fiestas en la piscina de Graceland, barbacoas en los que despotrica de los Beatles, un sinfín de polaroids en los que la pareja posa anticipándose a los selfies) para narrar el día a día de esa mujer frágil que la mayor parte del tiempo estaba sola en su mansión de Graceland por la ausencia de su marido inmerso en giras musicales o rodajes de sus películas infames, sola y encarcelada en una jaula de oro y muy lejos de ser feliz.

Elvis, a los ojos de su primera esposa, la diminuta e infantil Priscilla, es un embaucador de primer orden, además de un adicto a toda clase de pastillas, que le impone siempre sus puntos de vista y gustos (la forma de vestir, de llevar el pelo o pintarse) a su maleable esposa a la que siempre trata como niña, hasta que esta madura, se cansa de su papel subordinado y sumiso y rompe amarras. En su último tramo, cuando la relación se deteriora y Priscilla experimenta celos de Ann Margret, Nancy Sinatra y toda una lista de mujeres con las que la prensa de corazón relacionaba con su marido, la película decae, quizá porque el personaje no daba para más. Cae el mito para Priscilla y al mismo tiempo decae la película. Siempre son más interesantes los malvados que las almas candorosas.

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